Por qué me voy de la Universidad - Miguel Ángel Quintana Paz - Biblioteca de Cartago

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sábado, 19 de junio de 2021

Por qué me voy de la Universidad - Miguel Ángel Quintana Paz

Durante los últimos quince años he tenido el gusto de trabajar en una universidad pequeña, de provincias, cuyo benévolo trato hacia un profesor como yo (que, digamos, tengo mis cosas) ha hecho que me sintiera siempre entre afortunado y distinguido. Hablo de la Universidad Europea Miguel de Cervantes, sita en Valladolid.

Cuando llegué a ella apenas despegaba como institución: se había fundado en 2002. Y lo cierto es que entre los privilegios con que me ha honrado está el de poder cooperar en ese despegue. Una universidad nueva necesitaba ideas y empuje; y alguien como yo precisaba un sitio donde le permitieran plasmar parte de cuanto le sale por la cabeza. De modo que nos juntamos, por así decirlo, el hambre de saber con las ganas de conocer. El resultado no podía sino sernos grato a ambos.

Ahora bien, la semana pasada impartí mi última clase de Ética en sus aulas. Cuando salí al pasillo, no solo dejaba atrás mis quince años allí; también clausuraba treinta años desde que, como alumno, me senté por primera vez en un pupitre de facultad. En aquel caso había sido dentro de la universidad más antigua de España, la salmantina, donde me disponía a estudiar una materia, Filosofía, que llevaban casi 800 años impartiendo.

Si me detengo en estos detalles personales es para que el lector intuya que en cuanto subsigue difícil es que subyaga ápice alguno de resentimiento. Admiro el propósito con que los hombres medievales fundaron la Universidad: el afán de entremezclar a profesores y a alumnos; de combinar lo que enseñas como docente y lo que descubres como investigador; de debatir asuntos complicados por el mero gusto de hacerlo. No necesito viajar a playas lejanas o ascender rascacielos rimbombantes: entre los lugares donde he sido más feliz en la vida está una simple aula.

Ahora bien, un servidor está convencido de que vivimos tiempos de decadencia. (Esto lo podría argumentar uno más largo y tendido justo de hallarnos en una clase universitaria, ese paraje donde cualquier cosa de peso merece su tiempo; pero de momento me temo que habremos de darlo por supuesto). Y bien: en tiempos sombríos, es normal que incluso los órganos más vitales de una sociedad se oscurezcan. Corruptio optimi pessima, sentenciaban los romanos (“la corrupción de los mejores es la peor de todas”). William Shakespeare, más poético, lo glosaría en su soneto CXIV: “Pues se agrían ellas solas las cosas de mayor dulzor / peor que la mala hierba huele el lirio que se marchitó”.

Por eso me voy de la Universidad. Si no resultara cursi, diría que se va asemejando a uno de esos lirios shakespearianos que se nos está pudriendo delante. Como tantas otras cosas que creíamos pujantes (la presunción de inocencia, el Estado de Derecho, el respeto a nuestras instituciones). Narrar los motivos del declive rara vez sirve para detenerlo; pero al menos dejemos constancia de ellos. Escogeré tres.














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