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martes, 15 de junio de 2021

Los amigos náufragos

Tengo un concepto sencillo de la amistad, lo que implica un desarrollo no complejo pero sí algo exigente de la leal práctica del afecto. Por ejemplo: para mí, un amigo es un señor que puede llamarte a las 02’00 h. de la mañana para ponerte al día sobre sus inquietudes vitales, y charlas con él hasta las 04’30 tan contento, y tan amigos. “Eso no lo hace cualquiera”, diría fray Gerundio, y en efecto, así es: no lo hace cualquiera pero lo hacen mis amigos, porque yo —y perdón por el juego de palabras—, no tengo a cualquiera como amigo. Ni mucho menos.

La última velada de ese estilo aconteció en días pasados, con motivo del tristísimo, horrendo suceso de las niñas asesinadas por su padre en Tenerife. Mi amigo quería saber —saber más, antes había buceado en el artículo que publiqué en este blog sobre el asunto—. Y como quería más, tres horas de conversación se nos hicieron cortas. No diré el nombre del contertulio porque no es necesario, pero aclaro que llevo casi cinco años sin verlo “en persona”. Y aquí viene de molde una reflexión ligera sobre el signo de los tiempos que, afortunadamente, puede leerse después de este punto y aparte.

Mis amigos, por lo general, tienden al naufragio voluntario, la vida ermitaña y contenida en espacios pequeños, los cuales, a su vez y por mera lógica, continúan colmados de vida, creatividad y futuro. Los confinamientos del Estado de Alarma no nos han venido mal, creo que al contrario: hemos normalizado, por vía administrativa e imperativo legal, una tendencia latiente en nuestra manera de ser y de estar en el mundo que ya venía dando pistas desde mucho tiempo atrás. Cuanto más lejos del mundanal ruido, mejor.













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