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viernes, 4 de junio de 2021

La semana de Cartago

En remisión las alharacas marroquíes en Ceuta, la "invasión" migratoria que fue a los grandes flujos migratorios lo que "la guerra de broma" entre Francia y Alemania en 1939 a la guerra de verdad en 940, se mantienen dos grandes asuntos en primera trinchera de actualidad: luces e indultos. O al revés, indultos a los golpistas de Cataluña y subida espectacular del precio de la energía eléctrica que llega a nuestros hogares. Esos dos temas han acaparado, prácticamente, la actualidad de la semana. Y por eso mismo me encargan los sufetes de Cartago, desde su palacio marmóreo junto al templo de Astarté, que dé un poco de cancha a estos fenómenos en el resumen alegórico sobre el tócame Roque de los últimos siete días. A ello me pongo.

Tiene remada —y muy larga—, que la mayor subida del precio de la luz en la historia de nuestra nación, o sea, de España, se haya presentado al personal como una especie de acto ecológico superior, como de justicia poética del planeta malherido que se venga de los derrochadores de energía, que somos nosotros. Todos los que ponen lavadoras, enchufan el termo para no ducharse con agua fría —los del Opus están de suerte—, utilizan el frigorífico para no comer los tomates con moho y lujos parecidos, somos culpables. Nos lo merecemos. Hay que pagar la luz de día a precio de luz de cuadro de Sorolla porque la luz de día es un dispendio casi, casi inaceptable. La luz de noche es otra cosa y por eso mismo tiene otro valor. Entendámonos: la gente —buena gente—, del Opus Dei que se ducha con agua helada, los vampiros y las empresas del monopolio energético siguen de enhorabuena.

Menos mal que la ciudadanía se lo ha tomado con humor. Jodidos pero contentos, como si la luz al alza geométrica fuese una nueva plaga causada por inciertos y poderosos azares del destino, como si los consejos de administración de las eléctricas fueran la Santísima Acuosidad, o misterio parecido. Habiendo internet para lanzar nuestros comentarios ingeniosos hacia la suerte viral, no hay mayores penas. Cuando llegue el recibo, y ya que andamos hoy entre citas de sacristía, Dios dirá.

Miles de memes han circulado por las redes sociales haciendo chistes sobre la subida. El mejor de todos, el de nuestra inefable vicepresidenta, la señora Calvo Poyatos. Según ella, quienes sufren la tortura de tener que planchar a las dos de la mañana para no arruinarse con el recibo de la luz, son las de siempre: las mujeres. Imaginamos que el propósito de su gobierno es visibilizarlas a esas horas, ahí encerradas en el hogar, dedicadas a tareas domésticas cuando lo suyo, lo feminista fetén y lo justo de capón, sería que estuviesen por la calle, volviendo a casa solas y borrachas. No lo digo yo, no se lo tomen a mal: lo dice la señora Calvo y las señoras que observan la realidad bajo el prisma de la señora Calvo. Tremendos los datos, según el consorcio femirrofio: las mujeres son las que más han combatido la pandemia coronavírica, en los hospitales, residencias, colegios, supermercados, en el hogar, en todas partes... Pero, al mismo tiempo, son las grandes ausentes del combate porque no hay suficientes mujeres trabajando en los hospitales, residencias, colegios, supermercados… Ni siquiera en el hogar hay bastantes mujeres porque están fuera de casa, trabajando para sostener a España y a sus familias. Todo eso cabe en el mismo discurso calviano —de doña Carmen Calvo, no nos perdamos—, tal ubicuidad de género: están, no están, deben estar, no deberían estar. Esta mujer es una Biblia y una estampita con la oración a san Pancracio al lomo, todo junto y al mismo tiempo. Genio.

Sobre los indultos, qué decir. Espero que los sufetes no se enfaden conmigo, o mejor dicho: con mi brevedad; pero lo que ya está dicho y bien dicho no hace falta repetirlo mucho, no sea que nos hagamos pesados:

El de los golpistas catalanes va a ser el primer indulto que se conceda, en la historia de la humanidad, no por propósito de la enmienda del infractor sino bajo amenaza de reincidencia de los delincuentes.

Vía libre.

Ese es el gobierno que nos gobierna, el que nos ha tocado por gracia de las urnas. Ya veremos si en las mismas urnas paga su indecencia. De momento, quienes pagamos somos los demás. En dinero —¡la luz!—, en dignidad cívica y en presunción del amparo de la ley que debería alcanzarnos a todos. Ya veremos, decía y digo. También los ciegos lo dicen mucho: ya veremos. De momento, hay que aguantarlos.










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