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martes, 8 de junio de 2021

El hombre como startup

Contrariamente a los estereotipos de la extrema izquierda, el neoliberalismo no se reduce a un ultra–capitalismo sin frenos, ni a una maquinación de financieros sin escrúpulos, ni un desmantelamiento de los servicios públicos. El neoliberalismo tiene algo de todo eso, pero desde luego no está ahí su esencia. No se trata tampoco de una ideología represiva y retrógrada (como de forma rutinaria afirma la izquierda). Más bien lo contrario: el neoliberalismo es revolucionario, emancipador y libertino, y son precisamente los poderes públicos – los poderes del Estado– los que empujan hacia esta “liberación”. Si dentro del neoliberalismo hay represión, es la que el sujeto se impone de forma autónoma. Si hay explotación, es la que el individuo ejerce sobre sobre su propia vida.
El neoliberalismo es ante todo una cosmovisión, una forma de ser y de estar en el mundo. El neoliberalismo va un paso más allá del homo oeconomicus del marxismo o del capitalismo. El prototipo del neoliberalismo es el hombre–empresario; o más exactamente: el hombre empresario de sí mismo. “¡Todo ser humano lleva un empresario en su alma!” cantan los rapsodas del neoliberalismo. El neoliberalismo – señala el sociólogo francés Christian Laval – adopta siempre aires de evidencia, de conformidad a un movimiento natural de la sociedad, a una realidad a la cual gobernantes y gobernados deben adaptarse. Pero esta “realidad” (y aquí está la trampa del neoliberalismo) está “hecha de situaciones creadas, de reglas establecidas, de instituciones construidas que alientan las conductas”.[2] El neoliberalismo no es la “mano invisible” del liberalismo clásico, sino que es un voluntarismo y es un constructivismo. Es la mano bien visible del Estado que actúa – cuando así es requerido– para hacer la ingeniería social necesaria y adaptar la sociedad a los moldes neoliberales.

El neoliberalismo tiene un sueño: extender de forma ilimitada “un modelo de competitividad al que los sujetos deberán adaptarse funcionando como empresas, es decir, como unidades de capitalización privada. En esa tesitura el mercado ya no es un hecho o un medio natural, sino un espacio normativo que una política económica y legislativa permite advenir, mantener, corregir y extender”.[3] La extensión ilimitada del mercado: aquí reside el carácter emancipador y progresista del neoliberalismo. El hombre neoliberal se ve emplazado a reinventarse, a optimizarse, a adaptarse a las dinámicas del mercado, si lo que quiere es acceder al paraíso de las oportunidades. La precarización generalizada adopta así aires liberadores. Claro que todo ello requiere una condición previa: abolir todos los obstáculos que se interpongan a las relaciones mercantiles entre los individuos, incluyendo aquellos dominios hasta ahora regidos por arcaísmos éticos, religiosos, nacionales o culturales. Porque ya no hay pueblos, ni naciones, ni culturas, ni religiones, ni sexos. Mejor dicho: sí los hay, pero como “kits” identitarios de consumo particular, como realidades fluidas y maleables, como moda–fusión, simulacro y vintage. El “último hombre” de Nietzsche es una startup individual que piensa de forma global y se identifica por la fidelidad a sus marcas.






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