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martes, 22 de junio de 2021

Dar la chapa

Cuando las palabras se convierten en símbolos, por lo general se hacen odiosas. No por ellas mismas, pobres mías, que no tienen culpa de nada, sino por la reiteración atorrante con que se utilizan, su degradación hasta convertirse en comodines que lo mismo sirven para hilar que para tejer, para alabar que para denigrar, para defender ideas propias como para desbaratar las del contrario. Un latazo, por decirlo llanamente.

Una chapa insufrible.

A más desgracia, la ideología woke, pensamiento oficial del mundialismo –con perdón por lo de “pensamiento”—, lleva una temporada que en realidad son unos lustros desmelenándose con su diccionario oficial de términos procedentes, palabros necesarios y conceptos multiuso recurrentes; y esto es un sinvivir, un exceso, una orgía publicitaria de “sostenibilidad”, “ecoresponsabilidad” y abstrusiones similares. Que no digo yo, cuidado, que no necesitemos una economía y unos usos industriales, fabriles, locomocionales, comerciales y de consumo sostenibles, respetuosos con el medio ambiente y todo el etcétera que quieran, pero, oiga, eso está claro como un día claro en la meseta castellana y no hace falta insistir a razón de noventa por hora; pues, como decía mi padre: “no por repetir siete veces ¡Ay, Dios mío! el Señor va a escucharte”. Una cosa es concienciar al personal y convencerle de que dejar tiradas las colillas y latas de cerveza en la playa es un acto deleznable y otra, muy otra, redundar en el asunto hasta la generación de inventos plúmbeos como “reciclaje sostenible” o “ecología solidaria”. Caramba… Si el reciclaje no es sostenible y los comportamientos escrupulosos con el hábitat no son solidarios, entonces apaga y vámonos. Las palabras ya no tienen significado en sí, más bien operan como símbolos, señales de tráfico que dirigen el deambular de nuestras vidas, cuanto más visibles mejor, cuanto más urgentes más operativas. Sólo faltaba el invento de “finanzas éticas” para completar el catálogo ideológico con que las élites y el “mandarinato” globalista —Fernando R. Genovés dixit—, nos atormentan las entendederas. Faltaba digo, porque ya no falta. Ya se ha inventado. Me refiero a la construcción lexical “finanzas éticas”; el concepto es cosa distinta, una puerilidad tan incomprensible como el oxímoron más desatado que se le pueda ocurrir a cualquiera, no divaguemos.









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