De las naciones grandes (y las pequeñas) - José Javier Esparza - Biblioteca de Cartago

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lunes, 24 de mayo de 2021

De las naciones grandes (y las pequeñas) - José Javier Esparza


Lo que hace grandes a las naciones no es la inteligencia de sus ciudadanos, ni su capacidad para crear riqueza, ni la belleza de su patrimonio, ni el arte de vivir, ni la importancia de su historia, ni siquiera su arsenal militar. Todo eso está muy bien, ciertamente, pero no es lo decisivo. En términos políticos reales, lo que hace grande a una nación es su determinación para sobrevivir en el tiempo, generación tras generación, y hacerlo como comunidad política libre, es decir, sin que nadie externo le imponga su interés. El término “soberanía” significa etimológicamente eso: lo que está por encima de todos. Luego una nación es soberana cuando no tiene a ninguna otra por encima, o sea, cuando ninguna otra le impone sus decisiones.

Naturalmente, la tarea de mantener la soberanía nunca es fácil, primero porque ahí fuera existen otros agentes que pueden entrar en competencia y, además, porque en el seno de la propia nación conviven intereses particulares (territoriales, económicos, etc.) que pueden contravenir el interés general. Por eso, para mantener “por encima de todos” el interés general, las comunidades políticas se dotan de unos aparatos administrativos que se llaman Estados, y éstos, a su vez, tienden a proveerse de estructuras permanentes orientadas a garantizar la supervivencia del conjunto. De esas estructuras, las más evidentes (y necesarias) son la militar y la diplomática: la primera, porque previene cualquier ataque exterior y garantiza la paz interior; la segunda, porque organiza la supervivencia de la nación en su relación ora conflictiva, ora pacífica, con las otras naciones.

Una nación puede permitirse variaciones importantes en su estructura interior: en su forma de organizar el territorio, en su manera de estructurar la economía, en el mapa de derechos ciudadanos… Sin embargo, lo que caracteriza a las grandes naciones es que esas otras estructuras, la militar y la diplomática, apenas cambian con el paso del tiempo, porque generalmente responden a desafíos materiales objetivos: los recursos que tienes y los que te faltan, tu situación geográfica, la cualidad de tu vecino, etc. Todas estas cosas determinan el marco en el que has de hacer sobrevivir a tu nación. Como ese marco es casi siempre inmutable, las decisiones políticas para gobernarlo suelen ser también constantes. La política exterior norteamericana o rusa, por ejemplo, apenas ha variado en siglos. El caso ruso es ejemplar, porque sus líneas políticas ha seguido prácticamente invariables lo mismo con los zares que con los comunistas y después. Al fin y al cabo, uno no elige a sus enemigos, sino que con frecuencia son ellos los que te eligen a ti, como tampoco uno elige en qué lugar del planeta está. Por eso el prestigio político de las grandes naciones suele acabar depositándose siempre en sus servicios del Estado: los ejércitos, el cuerpo diplomático, los servicios de información, etc. Precisamente porque son los que mantienen la continuidad del interés nacional por encima de los cambios políticos internos.












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